martes
jueves
martes
Temperatura ambiente
Hubo un día que la puerta se abrió sola y los espasmos salieron corriendo tan lentos como su asma se los permitía.
Para poder quedarse del lado de afuera todos tuvieron que pisar el césped y cavar bastante profundo para dejarse caer bajo tierra. Porque el viento que había adentro de la casa espantaba hasta a las hojas más secas que a pesar de todo siempre se dejan llevar, no importa por quién.
Al living se le revolvió el estómago y la cocina quedó deshecha como si el viento en vez de soplar hubiese mordido. Las cortinas se quedaron suspendidas queriendo tocar el techo y doblando sus abdominales para llegar fuertes al verano, pero todavía faltaba mucho para el verano y las paredes se daban cuenta. Las luces se apagaron solas para evitar el miedo que tendrían si la intención de quedarse a oscuras fuese de otro. Y en ese momento, mirando en escala de grises y jugando a la mancha pared, quisieron entrar a su casa y terminar con todo ese invierno yéndose a dormir.
Para poder quedarse del lado de afuera todos tuvieron que pisar el césped y cavar bastante profundo para dejarse caer bajo tierra. Porque el viento que había adentro de la casa espantaba hasta a las hojas más secas que a pesar de todo siempre se dejan llevar, no importa por quién.
Al living se le revolvió el estómago y la cocina quedó deshecha como si el viento en vez de soplar hubiese mordido. Las cortinas se quedaron suspendidas queriendo tocar el techo y doblando sus abdominales para llegar fuertes al verano, pero todavía faltaba mucho para el verano y las paredes se daban cuenta. Las luces se apagaron solas para evitar el miedo que tendrían si la intención de quedarse a oscuras fuese de otro. Y en ese momento, mirando en escala de grises y jugando a la mancha pared, quisieron entrar a su casa y terminar con todo ese invierno yéndose a dormir.
A veces pasa
Luz roja y avanza. Lleva puesto un vestido amarillo con puntillas descoloradas por el tiempo y sandalias en invierno.
Camina con el viento en la cara y el flequillo mucho más atrás. Avanza más rápido, y aunque lo sea, se hace la distraída. Lo ve y no lo saluda porque ignora a todos los que no perdona. Pudo haber sido un encuentro casual pero todos los que lo vimos supimos que fue planeado por él que con un impermeable rojo gritaba que lo mire.
Cerca de ahí había una cámara de seguridad que miraba siempre para el mismo lado y sólo lo llegó a captar a él, que se paró para mirarla alejarse entre la humedad y las hojas que caían por ahí.
Camina con el viento en la cara y el flequillo mucho más atrás. Avanza más rápido, y aunque lo sea, se hace la distraída. Lo ve y no lo saluda porque ignora a todos los que no perdona. Pudo haber sido un encuentro casual pero todos los que lo vimos supimos que fue planeado por él que con un impermeable rojo gritaba que lo mire.
Cerca de ahí había una cámara de seguridad que miraba siempre para el mismo lado y sólo lo llegó a captar a él, que se paró para mirarla alejarse entre la humedad y las hojas que caían por ahí.
lunes
Mito urbano 1
Si alguna vez te preguntaste porqué la gente juega con las baldosas, vas por el camino correcto. Y esas personas que caminan y juegan a la vez, también lo están.
Yo sé que les llevo ventaja y no quiero más esa sensación extraña de liderazgo ocasional causado por la ignorancia de alguien. Por eso es que se los voy a decir.
En Buenos Aires hay millones de baldosas, más o menos gastadas, enteras o en partes, pero existe una baldosa que nunca fue pisada. Sí, es raro, pero es la verdad, hay una sola que nunca sintió el peso de alguien, ni el roce de un pie. Siente los aterrizajes de papeles, el inseparable cariño de un chicle, pero nunca una suela.
Ahora que lo pensás decís que debe haber más de una, pero no. Hay una sola, esperando cual Penélope ahí quieta sin poder hacer nada.
Yo sé que les llevo ventaja y no quiero más esa sensación extraña de liderazgo ocasional causado por la ignorancia de alguien. Por eso es que se los voy a decir.
En Buenos Aires hay millones de baldosas, más o menos gastadas, enteras o en partes, pero existe una baldosa que nunca fue pisada. Sí, es raro, pero es la verdad, hay una sola que nunca sintió el peso de alguien, ni el roce de un pie. Siente los aterrizajes de papeles, el inseparable cariño de un chicle, pero nunca una suela.
Ahora que lo pensás decís que debe haber más de una, pero no. Hay una sola, esperando cual Penélope ahí quieta sin poder hacer nada.
Víctor
Víctor era un hombre alto, pero no llamaba la atención solamente por su altura, había dos rasgos mucho más característicos que hacían que el nombre pegara exactamente con su rostro. Víctor era alto y albino. Era alto, albino y tenía una nariz que le daba un toque de pingüino.
La primera vez que lo ví fue en un colectivo de una línea que hoy no existe más, él bostezó y dejó en evidencia que no iba al dentista hacía por lo menos dos años. Me llamó la atención, la curiosidad y me llamó para darme el asiento. Me senté y tres paradas más tarde él se sentó adelante mío. Con un largo viaje por delante, Víctor apoyó la cabeza en la ventana del colectivo y se durmió. Yo no podía dejar de mirarlo, sabía que algo especial tenía y lo confirmé cuando, de repente, se movió, arrastró la nariz por el vidrio y un ruido muy bajito se escuchó. Había rayado el vidrio con la nariz, haciéndole una tajada.
Sus marcadas características personales no eran más que un disfraz para tapar y acompañar una rareza. Suprema anomalía que hacía que Víctor cortara vidrios con su nariz.
Se bajó antes que yo y nunca más lo vi. Traté varias veces de encontrarlo subiendo al mismo colectivo a la misma hora, observando todas las ventanas de colectivos para encontrar una pista de rareza que haya dejado por ahí.
Esta claro que no conozco su nombre, que Víctor es el que yo le puse de acuerdo a su cara. Y justo ahora estoy pensando en cambiárselo; su habilidad es más fuerte, y seguramente tenga un nombre que lo defina un poco más.
Estoy segura que tiene varios apodos, pero que con ninguno está conforme.
Y puedo deducir que cuando se canse de su rutina va a ser un excelente ladrón de joyas.
Ayuda: necesito más nombres para el que corta vidrios con la nariz.
La primera vez que lo ví fue en un colectivo de una línea que hoy no existe más, él bostezó y dejó en evidencia que no iba al dentista hacía por lo menos dos años. Me llamó la atención, la curiosidad y me llamó para darme el asiento. Me senté y tres paradas más tarde él se sentó adelante mío. Con un largo viaje por delante, Víctor apoyó la cabeza en la ventana del colectivo y se durmió. Yo no podía dejar de mirarlo, sabía que algo especial tenía y lo confirmé cuando, de repente, se movió, arrastró la nariz por el vidrio y un ruido muy bajito se escuchó. Había rayado el vidrio con la nariz, haciéndole una tajada.
Sus marcadas características personales no eran más que un disfraz para tapar y acompañar una rareza. Suprema anomalía que hacía que Víctor cortara vidrios con su nariz.
Se bajó antes que yo y nunca más lo vi. Traté varias veces de encontrarlo subiendo al mismo colectivo a la misma hora, observando todas las ventanas de colectivos para encontrar una pista de rareza que haya dejado por ahí.
Esta claro que no conozco su nombre, que Víctor es el que yo le puse de acuerdo a su cara. Y justo ahora estoy pensando en cambiárselo; su habilidad es más fuerte, y seguramente tenga un nombre que lo defina un poco más.
Estoy segura que tiene varios apodos, pero que con ninguno está conforme.
Y puedo deducir que cuando se canse de su rutina va a ser un excelente ladrón de joyas.
Ayuda: necesito más nombres para el que corta vidrios con la nariz.
I´m not dead yet
Estaban viniendo a matarme y yo en mi casa esperaba el encuentro para nada tranquila. Quería irme, pero no podía, no tenía el derecho de salir corriendo necesitaba morirme o salvarme.
Estaba en la cocina de casa, sabía que alguien venía a matarme, mi mamá me lo había advertido, me dijo que él llegaba entre las 5.30 y las 7 de la tarde. Fue la hora y media que más me avejentó en toda mi vida. Cada minuto se estiraba tanto que volvía a repetirse y hasta mis nervios querían escaparse.
Buscaba armas, medios para defenderme, pero nada me bastaba, en ese momento nada te saca esa adrenalina negativa que no hace más que pasar los límites de velocidad en tu sangre.
Yo no dejaba de mirar por la ventana esperando a ver a la persona que quería pegarme un tiro, ahorcarme, ahogarme, lastimarme.
Escuchaba detrás de la puerta y el ascensor me ponía nerviosa. Improvisaba con unos palos que milagrosamente encontré detrás de un sillón, pero mi cabeza no podía controlar a mi cuerpo y era realmente mala golpeando. El reloj no avanzaba, nadie venía, nada pasaba afuera y adentro estaba yo encerrada en mi propio miedo, ensayando el 911 para que vengan a ayudarme.
A las 7 menos dos minutos abrí la puerta con la respiración más tranquila pensando que ya todo había pasado y no había sido más que el mayor susto de mi vida. Pero lo ví. Bajaba del ascensor muy tranquilo y me miró como si viniera a tomar mate con bizcochos. Cerré la puerta con escándalo y corrí a buscar el palo, lo esperé cerca de la puerta en posición de defensa. La abrió, me dijo “hola” y empezó a caminar hacía mí con las manos vacías. Yo sabía que no me iba a ir bien, tenía todo para perder.
Seguía caminando y llegó hasta un metro mío, pero cual encanto de la Cenicienta que termina a las 12, desapareció en el aire dejando un pequeño rastro de humo, miré el reloj y eran las 7:01. Me quedé quieta sin creer lo que me había pasado, estaba viva, había pasado la hora crítica y me salvé porque él llegó tarde a matarme.
Estaba en la cocina de casa, sabía que alguien venía a matarme, mi mamá me lo había advertido, me dijo que él llegaba entre las 5.30 y las 7 de la tarde. Fue la hora y media que más me avejentó en toda mi vida. Cada minuto se estiraba tanto que volvía a repetirse y hasta mis nervios querían escaparse.
Buscaba armas, medios para defenderme, pero nada me bastaba, en ese momento nada te saca esa adrenalina negativa que no hace más que pasar los límites de velocidad en tu sangre.
Yo no dejaba de mirar por la ventana esperando a ver a la persona que quería pegarme un tiro, ahorcarme, ahogarme, lastimarme.
Escuchaba detrás de la puerta y el ascensor me ponía nerviosa. Improvisaba con unos palos que milagrosamente encontré detrás de un sillón, pero mi cabeza no podía controlar a mi cuerpo y era realmente mala golpeando. El reloj no avanzaba, nadie venía, nada pasaba afuera y adentro estaba yo encerrada en mi propio miedo, ensayando el 911 para que vengan a ayudarme.
A las 7 menos dos minutos abrí la puerta con la respiración más tranquila pensando que ya todo había pasado y no había sido más que el mayor susto de mi vida. Pero lo ví. Bajaba del ascensor muy tranquilo y me miró como si viniera a tomar mate con bizcochos. Cerré la puerta con escándalo y corrí a buscar el palo, lo esperé cerca de la puerta en posición de defensa. La abrió, me dijo “hola” y empezó a caminar hacía mí con las manos vacías. Yo sabía que no me iba a ir bien, tenía todo para perder.
Seguía caminando y llegó hasta un metro mío, pero cual encanto de la Cenicienta que termina a las 12, desapareció en el aire dejando un pequeño rastro de humo, miré el reloj y eran las 7:01. Me quedé quieta sin creer lo que me había pasado, estaba viva, había pasado la hora crítica y me salvé porque él llegó tarde a matarme.
martes
La venganza del cartero
Un día sentí un golpe muy fuerte en la puerta de mi casa. No tocaron el timbre, ni tampoco se quedó nadie parado esperando pasar. La mirilla no me mostraba nada. Había un pasillo con dos puertas, en una colgaba un adorno de navidad viejo que llamaba la atención al 5 de marzo. La otra puerta estaba de costado y solo veía el marco despintado.
Busqué mis llaves y abrí. Al instante me cayeron en los pies cientos de cartas que nunca me habían llegado.
Todas con diferentes remitentes y todas dirigidas a la misma persona, a mí.
Muchos sobres, algunas revistas, ninguna cuenta sin pagar. Todos eran papeles que podrían haber cambiado las acciones importantes de mi vida. Eran consejos sin escuchar, palabras justas para decir, gestos por hacer y sobre todo, decisiones acertadas.
Era peor que el ántrax. Era el peor de los venenos químicos o biológicos o del que quieran, era el propio veneno de la frustración, el ácido que el propio cuerpo produce cuando el enojo empieza a subir y la impotencia se queda pegada a la piel. Me pasé un día entero leyendo, llorando y pensando todo lo que hice desde 2005 hasta ahora.
Todo eso que no hice estaba tocándome la puerta, de repente, sin aire y con la convicción de amargarme.
No sé si es que el destino tocó mi puerta un poco tarde y de golpe, o si tengo un cartero que me odia. Lo que sé es que más de mil cartas se atropellaron en mi departamento 13 y las leí a todas, una por una.
Me intriga saber donde estuvieron todo este tiempo, macerándose para que yo las lea en el momento justo, aunque ese momento fuera varios años más tarde.
Las voy a contestar, después de tanto pensar todo merece mi festejo. Así que la respuesta va a ser organizar una fiesta por todas a las que falté durante este tiempo.
Busqué mis llaves y abrí. Al instante me cayeron en los pies cientos de cartas que nunca me habían llegado.
Todas con diferentes remitentes y todas dirigidas a la misma persona, a mí.
Muchos sobres, algunas revistas, ninguna cuenta sin pagar. Todos eran papeles que podrían haber cambiado las acciones importantes de mi vida. Eran consejos sin escuchar, palabras justas para decir, gestos por hacer y sobre todo, decisiones acertadas.
Era peor que el ántrax. Era el peor de los venenos químicos o biológicos o del que quieran, era el propio veneno de la frustración, el ácido que el propio cuerpo produce cuando el enojo empieza a subir y la impotencia se queda pegada a la piel. Me pasé un día entero leyendo, llorando y pensando todo lo que hice desde 2005 hasta ahora.
Todo eso que no hice estaba tocándome la puerta, de repente, sin aire y con la convicción de amargarme.
No sé si es que el destino tocó mi puerta un poco tarde y de golpe, o si tengo un cartero que me odia. Lo que sé es que más de mil cartas se atropellaron en mi departamento 13 y las leí a todas, una por una.
Me intriga saber donde estuvieron todo este tiempo, macerándose para que yo las lea en el momento justo, aunque ese momento fuera varios años más tarde.
Las voy a contestar, después de tanto pensar todo merece mi festejo. Así que la respuesta va a ser organizar una fiesta por todas a las que falté durante este tiempo.
Presasor
El sol entraba por la ventana decolorando el sillón de siempre hasta que las cortinas volaron por el humo de más que un cigarrillo. Las sombras se movieron rápidas y silenciosas hasta desaparecer en las paredes llenas de euforia.
Se escuchó que llegaba el ascensor, que alguien bajaba cargado con bolsas de supermercado y las llaves hicieron de campana. La puerta se abrió, una figura apareció llenando el marco y un hilo transparente cruzo la habitación de lado a lado. De repente una estatua se convirtió en persona y las serpentinas empezaron a sonar fuerte callando a todos los papeles picados. Las palmas se escondían de a poco cuando una sombra aparecía en la pared amarilla, recién pintada. La figura se quedo quieta, muy quieta y salió corriendo. Bajó las escaleras siendo seguida por todos los chiflidos y gritos que la aplastaban contra los pasillos, y se fue.
Recién cuando llegó a la calle una gran bocanada de aire despertó a los que incrédulos estaban esperando una respuesta detrás de la puerta del quinto “c”.
Alguien se sacó la peluca violeta y todos lo miraron con asombro al descubrir que en verdad era pelado. Miles de palabras empezaron a volar y sólo algunas llegaban a los oídos de otros. La indignación pintó el cuadro colorido en un gris acuarelado como cuando un día de lluvia, pero antes de que empiece a llover, alguien se decide a mirar por la ventana y descubrir que no sólo el paisaje es lo que está gris y comienza a llorar dejando caer los colores de lo que ve.
Sonó el teléfono y otra vez, todos se callaron para escuchar. Nadie sabía qué hacer así que esperaron un rato más. Hasta que la noche llegó, los palitos se acabaron y por fin, dejaron en libertad a ese departamento usurpado por desconocidos vestidos con ridículos sombreros. Detrás de un árbol una sombra esperaba ver papelitos de colores esfumarse. Cuando los vio decidió intentar volver a abrir la puerta. Se sintió mejor cuando logró darse cuenta de lo que había hecho; cuando no dejó que la sorprendan sino que sorprendió por la tangente a varios pares de ojos atónitos.
Se escuchó que llegaba el ascensor, que alguien bajaba cargado con bolsas de supermercado y las llaves hicieron de campana. La puerta se abrió, una figura apareció llenando el marco y un hilo transparente cruzo la habitación de lado a lado. De repente una estatua se convirtió en persona y las serpentinas empezaron a sonar fuerte callando a todos los papeles picados. Las palmas se escondían de a poco cuando una sombra aparecía en la pared amarilla, recién pintada. La figura se quedo quieta, muy quieta y salió corriendo. Bajó las escaleras siendo seguida por todos los chiflidos y gritos que la aplastaban contra los pasillos, y se fue.
Recién cuando llegó a la calle una gran bocanada de aire despertó a los que incrédulos estaban esperando una respuesta detrás de la puerta del quinto “c”.
Alguien se sacó la peluca violeta y todos lo miraron con asombro al descubrir que en verdad era pelado. Miles de palabras empezaron a volar y sólo algunas llegaban a los oídos de otros. La indignación pintó el cuadro colorido en un gris acuarelado como cuando un día de lluvia, pero antes de que empiece a llover, alguien se decide a mirar por la ventana y descubrir que no sólo el paisaje es lo que está gris y comienza a llorar dejando caer los colores de lo que ve.
Sonó el teléfono y otra vez, todos se callaron para escuchar. Nadie sabía qué hacer así que esperaron un rato más. Hasta que la noche llegó, los palitos se acabaron y por fin, dejaron en libertad a ese departamento usurpado por desconocidos vestidos con ridículos sombreros. Detrás de un árbol una sombra esperaba ver papelitos de colores esfumarse. Cuando los vio decidió intentar volver a abrir la puerta. Se sintió mejor cuando logró darse cuenta de lo que había hecho; cuando no dejó que la sorprendan sino que sorprendió por la tangente a varios pares de ojos atónitos.
miércoles
Tengo ganas de estar callada
Hay algo que está ahí dentro, moviéndose de un lado al otro sin hacer ruido. Te molesta no escuchar, no sabés qué pasa ahora, ni qué va a pasar.
Te incomoda ese zumbido de tu conciencia que no te deja tranquilo y tu lengua hace lo posible por ocultarlo. Todo el mundo habla sin parar, y no entendés como se puede dejar de hablar, y yo no entiendo como se puede hablar hasta estallar. Miles de choques en el aire, y tus oídos no dan abasto, ¿escuchaste eso? Pasó alguien que me salvó la vida y te dijo al oído:
“Cuando te das cuenta que escuchar los silencios es aprender a ver otras señales, sabés que a partir de ahí podés estar tranquilo. Porque aprendés que si algo no dice nada, es porque por otro lado se están anidando miles de posibilidades que vos capaz nunca llegues a escuchar. Así que shhh, no digas nada. Tiene ganas de estar callada.”
Te incomoda ese zumbido de tu conciencia que no te deja tranquilo y tu lengua hace lo posible por ocultarlo. Todo el mundo habla sin parar, y no entendés como se puede dejar de hablar, y yo no entiendo como se puede hablar hasta estallar. Miles de choques en el aire, y tus oídos no dan abasto, ¿escuchaste eso? Pasó alguien que me salvó la vida y te dijo al oído:
“Cuando te das cuenta que escuchar los silencios es aprender a ver otras señales, sabés que a partir de ahí podés estar tranquilo. Porque aprendés que si algo no dice nada, es porque por otro lado se están anidando miles de posibilidades que vos capaz nunca llegues a escuchar. Así que shhh, no digas nada. Tiene ganas de estar callada.”
lunes
La otra cafeína
Él Estaba bajando las escaleras mientras disfrutaba de un feo café de máquina. Cuando llegaba al subsuelo, antes del último escalón se quemó un nudillo con una gota de café. Puteó un poco por el dolor y otro poco por tener que trabajar. Melodías polifónica empezaron a sonar y un temblor lo invadió desde abajo hacia arriba. El sonido se apoderaba de él cada vez más fuerte e insoportable y sus gestos, muy de apoco, fueron acompañando el ritmo hasta que miles de movimientos salieron todos juntos de su cuerpo creando un baile espástico e inolvidable. Se le desató la cordura sin que se dé cuenta y varios pares de miradas comenzaron a moverse sin poder mantenerse en pie.
El volumen se subió hasta el máximo y él estalló en un trance sonoro hasta el punto de acompañar cada melodía con la voz. Un brazo por acá, las piernas mucho más allá y el sonido jugando al hula hula con su cuerpo.
En el minuto 4, segundo 32, él fue solamente un cuerpo tratando de enderezarse con los ojos en su camisa manchada de café y la sensación de que todo lo que entra por un oído no sale por el otro.
El volumen se subió hasta el máximo y él estalló en un trance sonoro hasta el punto de acompañar cada melodía con la voz. Un brazo por acá, las piernas mucho más allá y el sonido jugando al hula hula con su cuerpo.
En el minuto 4, segundo 32, él fue solamente un cuerpo tratando de enderezarse con los ojos en su camisa manchada de café y la sensación de que todo lo que entra por un oído no sale por el otro.
miércoles
%
Una caña de bamboo me escuchaba mientras exponía delante de un río las razones por las que hice lo que terminé. El viento se llevaba mis silogismos, los hacía rebotar sobre una botella y luego los dejaba del otro lado del río, donde yo no podía alcanzarlos.
Las hormigas se agobiaron de tanto ruido y lo cargaron hasta el nido de un flamenco. Empolladas no soportaron el calor y se derritieron, yo eso nunca lo supe, por eso seguí hablando y pensando que estaba haciendo bien. Es que me cuesta entender que alguien pueda sentir en porcentajes cada segundo de respiración.
Las hormigas se agobiaron de tanto ruido y lo cargaron hasta el nido de un flamenco. Empolladas no soportaron el calor y se derritieron, yo eso nunca lo supe, por eso seguí hablando y pensando que estaba haciendo bien. Es que me cuesta entender que alguien pueda sentir en porcentajes cada segundo de respiración.
martes
Peligro. No tocar
Levante la mirada de la mesa, corrí los codos para los costados, cerré los ojos y vi que los objetos son recipientes que se llenan con algo que nace de nosotros. Son como esos magnetos que atraen fuerzas que uno no puede controlar. Mis ojos se clavaron en una taza azul y la vi triste, es más, creo que la entendí.
Por un momento vi que tenía cara larga y electrizante, pero su revelación no duró más que unos segundos y todavía dudo de que sea cierto.
Algo ocultamos, muchas veces dejamos salir gotas de lo que pensamos, aunque las verdaderas cataratas se quedan adentro viajando con nuestra sangre a mil por hora.
Un poco de esas correntadas se escurre por la piel y llega a los objetos empapándolos de sentimientos y humanidad. Las personas, cuando tocamos algo, podemos transmitir a los objetos los sentimientos que tenemos guardados. Aunque no lo sepamos, hay algo que queda en ellos cada vez que los tocamos. Residuos de dolor, alegría, envidia, terquedad. Con el simple tacto o roce, ellos dejan su estructura inmóvil de sentimientos para pasar a guardar los más íntimos y celados pedazos de sentir que cada uno lleva consigo.
Ustedes tengan mucho cuidado con lo que toquen, eso que hay guardado adentro puede conectarse con algo de ustedes y viajar bien profundo removiendo ese sentimiento apestado de polvo que creían olvidado.
Por ejemplo, ayer me pasó algo que terminó de convencerme. Rompí un plato y creo que adentro de él guardaba bastante rencor porque cuando lo toque, me empezó a salir sangre. El plato mío, no era.
Por un momento vi que tenía cara larga y electrizante, pero su revelación no duró más que unos segundos y todavía dudo de que sea cierto.
Algo ocultamos, muchas veces dejamos salir gotas de lo que pensamos, aunque las verdaderas cataratas se quedan adentro viajando con nuestra sangre a mil por hora.
Un poco de esas correntadas se escurre por la piel y llega a los objetos empapándolos de sentimientos y humanidad. Las personas, cuando tocamos algo, podemos transmitir a los objetos los sentimientos que tenemos guardados. Aunque no lo sepamos, hay algo que queda en ellos cada vez que los tocamos. Residuos de dolor, alegría, envidia, terquedad. Con el simple tacto o roce, ellos dejan su estructura inmóvil de sentimientos para pasar a guardar los más íntimos y celados pedazos de sentir que cada uno lleva consigo.
Ustedes tengan mucho cuidado con lo que toquen, eso que hay guardado adentro puede conectarse con algo de ustedes y viajar bien profundo removiendo ese sentimiento apestado de polvo que creían olvidado.
Por ejemplo, ayer me pasó algo que terminó de convencerme. Rompí un plato y creo que adentro de él guardaba bastante rencor porque cuando lo toque, me empezó a salir sangre. El plato mío, no era.
jueves
Eso que leí no existió nunca
Hace un tiempo que voy por las hojas escribiendo con la mirada lo que quiero leer. Hoy leí algo acerca de los abrazos que hizo que algunas gotas tibias abrazaran mis ojos. Me hizo escribir algo, pero lo perdí; un cancelar se lo llevó al purgatorio de las cosas sin importancia aunque algo me dice que los abrazos no están ahí, que tengo que empezar a buscarlos. Empezó la primavera, es un buen lugar para jugar a Sherlock Holmes, pero espero no aburrirme rápido como Agustina. El aire tibio todavía no empezó, pero yo ya saqué la ropa, los libros de verano, las flores en macetas y unas gotas chiquititas y saladas para que tengan algo de tomar. Igual, siento que me estoy olvidando de algo, algo que nunca tuve pero sé que en algún lado está.
Lo que ahora estás leyendo creo que nunca lo escribí, otra vez fueron mis ojos tratando de leer. Mis pupilas empezaron a tomar vida propia, supongo, que una noche de alcohol. A pesar de todo, eso que mis ojos me hicieron leer de los abrazos era lindo y aunque ahora se haya ido, sigo pensando que alguna vez pudieron estar ahí conmigo.
Lo que ahora estás leyendo creo que nunca lo escribí, otra vez fueron mis ojos tratando de leer. Mis pupilas empezaron a tomar vida propia, supongo, que una noche de alcohol. A pesar de todo, eso que mis ojos me hicieron leer de los abrazos era lindo y aunque ahora se haya ido, sigo pensando que alguna vez pudieron estar ahí conmigo.
martes
Dos respiraciones se chocaron, se rozaron en el aire hasta llegar a mezclarse. Desparejas y envueltas sin coordinar sentían más ganas de seguir chocándose en un vaivén de huracanes. Un ruido las previno y las desconcentró; pararon. El dióxido de carbono apuntó hacia un lado buscando algo extraño, pero no encontró más que frío. Se volvieron a juntar, se volvieron a chocar y tuvieron miedo de no poder sentir la una sin la otra. Se juraron amor eterno, hasta que la muerte las separe; hasta que una deje de ser lo que ahora es, hasta que la otra también deje de respirar. Alguna de ellas pensó que sería un poco más feliz si hoy lloviera. La otra de ellas buscaba ser la lluvia que le cambie el día.
viernes
--l
Ese día pudiste pensar que te quería y elegiste un no antes de decir nada.
Mi cabeza decodificaba señales que no llegaban a ningún lado, mientras mis piernas temblaban esperando lo contrario.
Si pudiéramos respirar lo que pensamos, si un hilo de pensamiento conectara una cabeza con la otra como lo puede hacer una mirada, por lo menos tendría algo en claro.
La persiana de mi cuarto ya no se puede abrir y el portero de al lado no puede venir a cambiarla; me voy a quedar unos días más a oscuras hasta que me harte de las sombras.
Nota: Si el no poder respirar hizo que el esfuerzo lo haga mi cabeza, salió bien.
Mi cabeza decodificaba señales que no llegaban a ningún lado, mientras mis piernas temblaban esperando lo contrario.
Si pudiéramos respirar lo que pensamos, si un hilo de pensamiento conectara una cabeza con la otra como lo puede hacer una mirada, por lo menos tendría algo en claro.
La persiana de mi cuarto ya no se puede abrir y el portero de al lado no puede venir a cambiarla; me voy a quedar unos días más a oscuras hasta que me harte de las sombras.
Nota: Si el no poder respirar hizo que el esfuerzo lo haga mi cabeza, salió bien.
lunes
Mirá vos
Todos vamos a ser monos de circo mientras una alfombra no ponga en circunstancia triste nuestros pies con piojos.
martes
Julio
A veces me daba la impresión de que Julio quería salir corriendo por Gallo hasta llegar a Corrientes, y cuando llegara a donde antes estaba la Cantina Don Carlos empezar a abrazar a todo el mundo. Sí, tenía problemas: a los 30 años no sabía atarse los cordones sin que un lazo le quedara afuera del moño mariposa, y como era de esperar salía corriendo. Si llegaba hasta Corrientes era por impulso de la caída, nada más. Pero él sabía que no tenía todas las luces, decía que tenía la más necesaria, todas las demás se podían aprender con esfuerzo, pero si no tenías el alma blanca de nacimiento, ya estabas en desventaja.
Julio adoraba dormir la siesta a partir de las 6 de la tarde, despertarse cuando ya estaba oscuro y saltar de la cama sobresaltado pensando que llegaba tarde a desayunar al bar de debajo de casa. Caer sorprendido y descolocado cuando escuchaba al maestruli de Susana Giménez que le decía a su sentido del horario que no había dormido tanto como él pensaba.
Era hermoso ver a Julio con hipo, todo un habilidoso tomando agua con el vaso al revés, alguna vez pensó ir a “30 segundos de fama” pero era demasiado tímido, ni hablar del tema de contención de líquidos. Él nos quería hacer pensar que era porque le tenía miedo a la risa de la enana del programa, pero en realidad era que no se animaba, un poco de razón tenía.
En fin, ahora me voy a visitarlo un rato. Por teléfono me dijo que estaba lastimado, que había podido hacer lo que él quería pero que alguien tenía razón cuando le dijo que a veces lo que queremos no es lo que nos conviene. Antes de cortar estaba muy contento, no se aguantó la ansiedad y me lo contó. Le sangraban las rodillas del porrazo pero pudo llegar corriendo hasta la esquina de Bustamante, abrazar al vendedor de quiniela, y que el éxito no era como él pensaba.
Julio adoraba dormir la siesta a partir de las 6 de la tarde, despertarse cuando ya estaba oscuro y saltar de la cama sobresaltado pensando que llegaba tarde a desayunar al bar de debajo de casa. Caer sorprendido y descolocado cuando escuchaba al maestruli de Susana Giménez que le decía a su sentido del horario que no había dormido tanto como él pensaba.
Era hermoso ver a Julio con hipo, todo un habilidoso tomando agua con el vaso al revés, alguna vez pensó ir a “30 segundos de fama” pero era demasiado tímido, ni hablar del tema de contención de líquidos. Él nos quería hacer pensar que era porque le tenía miedo a la risa de la enana del programa, pero en realidad era que no se animaba, un poco de razón tenía.
En fin, ahora me voy a visitarlo un rato. Por teléfono me dijo que estaba lastimado, que había podido hacer lo que él quería pero que alguien tenía razón cuando le dijo que a veces lo que queremos no es lo que nos conviene. Antes de cortar estaba muy contento, no se aguantó la ansiedad y me lo contó. Le sangraban las rodillas del porrazo pero pudo llegar corriendo hasta la esquina de Bustamante, abrazar al vendedor de quiniela, y que el éxito no era como él pensaba.
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