Él Estaba bajando las escaleras mientras disfrutaba de un feo café de máquina. Cuando llegaba al subsuelo, antes del último escalón se quemó un nudillo con una gota de café. Puteó un poco por el dolor y otro poco por tener que trabajar. Melodías polifónica empezaron a sonar y un temblor lo invadió desde abajo hacia arriba. El sonido se apoderaba de él cada vez más fuerte e insoportable y sus gestos, muy de apoco, fueron acompañando el ritmo hasta que miles de movimientos salieron todos juntos de su cuerpo creando un baile espástico e inolvidable. Se le desató la cordura sin que se dé cuenta y varios pares de miradas comenzaron a moverse sin poder mantenerse en pie.
El volumen se subió hasta el máximo y él estalló en un trance sonoro hasta el punto de acompañar cada melodía con la voz. Un brazo por acá, las piernas mucho más allá y el sonido jugando al hula hula con su cuerpo.
En el minuto 4, segundo 32, él fue solamente un cuerpo tratando de enderezarse con los ojos en su camisa manchada de café y la sensación de que todo lo que entra por un oído no sale por el otro.
lunes
miércoles
%
Una caña de bamboo me escuchaba mientras exponía delante de un río las razones por las que hice lo que terminé. El viento se llevaba mis silogismos, los hacía rebotar sobre una botella y luego los dejaba del otro lado del río, donde yo no podía alcanzarlos.
Las hormigas se agobiaron de tanto ruido y lo cargaron hasta el nido de un flamenco. Empolladas no soportaron el calor y se derritieron, yo eso nunca lo supe, por eso seguí hablando y pensando que estaba haciendo bien. Es que me cuesta entender que alguien pueda sentir en porcentajes cada segundo de respiración.
Las hormigas se agobiaron de tanto ruido y lo cargaron hasta el nido de un flamenco. Empolladas no soportaron el calor y se derritieron, yo eso nunca lo supe, por eso seguí hablando y pensando que estaba haciendo bien. Es que me cuesta entender que alguien pueda sentir en porcentajes cada segundo de respiración.
martes
Peligro. No tocar
Levante la mirada de la mesa, corrí los codos para los costados, cerré los ojos y vi que los objetos son recipientes que se llenan con algo que nace de nosotros. Son como esos magnetos que atraen fuerzas que uno no puede controlar. Mis ojos se clavaron en una taza azul y la vi triste, es más, creo que la entendí.
Por un momento vi que tenía cara larga y electrizante, pero su revelación no duró más que unos segundos y todavía dudo de que sea cierto.
Algo ocultamos, muchas veces dejamos salir gotas de lo que pensamos, aunque las verdaderas cataratas se quedan adentro viajando con nuestra sangre a mil por hora.
Un poco de esas correntadas se escurre por la piel y llega a los objetos empapándolos de sentimientos y humanidad. Las personas, cuando tocamos algo, podemos transmitir a los objetos los sentimientos que tenemos guardados. Aunque no lo sepamos, hay algo que queda en ellos cada vez que los tocamos. Residuos de dolor, alegría, envidia, terquedad. Con el simple tacto o roce, ellos dejan su estructura inmóvil de sentimientos para pasar a guardar los más íntimos y celados pedazos de sentir que cada uno lleva consigo.
Ustedes tengan mucho cuidado con lo que toquen, eso que hay guardado adentro puede conectarse con algo de ustedes y viajar bien profundo removiendo ese sentimiento apestado de polvo que creían olvidado.
Por ejemplo, ayer me pasó algo que terminó de convencerme. Rompí un plato y creo que adentro de él guardaba bastante rencor porque cuando lo toque, me empezó a salir sangre. El plato mío, no era.
Por un momento vi que tenía cara larga y electrizante, pero su revelación no duró más que unos segundos y todavía dudo de que sea cierto.
Algo ocultamos, muchas veces dejamos salir gotas de lo que pensamos, aunque las verdaderas cataratas se quedan adentro viajando con nuestra sangre a mil por hora.
Un poco de esas correntadas se escurre por la piel y llega a los objetos empapándolos de sentimientos y humanidad. Las personas, cuando tocamos algo, podemos transmitir a los objetos los sentimientos que tenemos guardados. Aunque no lo sepamos, hay algo que queda en ellos cada vez que los tocamos. Residuos de dolor, alegría, envidia, terquedad. Con el simple tacto o roce, ellos dejan su estructura inmóvil de sentimientos para pasar a guardar los más íntimos y celados pedazos de sentir que cada uno lleva consigo.
Ustedes tengan mucho cuidado con lo que toquen, eso que hay guardado adentro puede conectarse con algo de ustedes y viajar bien profundo removiendo ese sentimiento apestado de polvo que creían olvidado.
Por ejemplo, ayer me pasó algo que terminó de convencerme. Rompí un plato y creo que adentro de él guardaba bastante rencor porque cuando lo toque, me empezó a salir sangre. El plato mío, no era.
jueves
Eso que leí no existió nunca
Hace un tiempo que voy por las hojas escribiendo con la mirada lo que quiero leer. Hoy leí algo acerca de los abrazos que hizo que algunas gotas tibias abrazaran mis ojos. Me hizo escribir algo, pero lo perdí; un cancelar se lo llevó al purgatorio de las cosas sin importancia aunque algo me dice que los abrazos no están ahí, que tengo que empezar a buscarlos. Empezó la primavera, es un buen lugar para jugar a Sherlock Holmes, pero espero no aburrirme rápido como Agustina. El aire tibio todavía no empezó, pero yo ya saqué la ropa, los libros de verano, las flores en macetas y unas gotas chiquititas y saladas para que tengan algo de tomar. Igual, siento que me estoy olvidando de algo, algo que nunca tuve pero sé que en algún lado está.
Lo que ahora estás leyendo creo que nunca lo escribí, otra vez fueron mis ojos tratando de leer. Mis pupilas empezaron a tomar vida propia, supongo, que una noche de alcohol. A pesar de todo, eso que mis ojos me hicieron leer de los abrazos era lindo y aunque ahora se haya ido, sigo pensando que alguna vez pudieron estar ahí conmigo.
Lo que ahora estás leyendo creo que nunca lo escribí, otra vez fueron mis ojos tratando de leer. Mis pupilas empezaron a tomar vida propia, supongo, que una noche de alcohol. A pesar de todo, eso que mis ojos me hicieron leer de los abrazos era lindo y aunque ahora se haya ido, sigo pensando que alguna vez pudieron estar ahí conmigo.
martes
Dos respiraciones se chocaron, se rozaron en el aire hasta llegar a mezclarse. Desparejas y envueltas sin coordinar sentían más ganas de seguir chocándose en un vaivén de huracanes. Un ruido las previno y las desconcentró; pararon. El dióxido de carbono apuntó hacia un lado buscando algo extraño, pero no encontró más que frío. Se volvieron a juntar, se volvieron a chocar y tuvieron miedo de no poder sentir la una sin la otra. Se juraron amor eterno, hasta que la muerte las separe; hasta que una deje de ser lo que ahora es, hasta que la otra también deje de respirar. Alguna de ellas pensó que sería un poco más feliz si hoy lloviera. La otra de ellas buscaba ser la lluvia que le cambie el día.
viernes
--l
Ese día pudiste pensar que te quería y elegiste un no antes de decir nada.
Mi cabeza decodificaba señales que no llegaban a ningún lado, mientras mis piernas temblaban esperando lo contrario.
Si pudiéramos respirar lo que pensamos, si un hilo de pensamiento conectara una cabeza con la otra como lo puede hacer una mirada, por lo menos tendría algo en claro.
La persiana de mi cuarto ya no se puede abrir y el portero de al lado no puede venir a cambiarla; me voy a quedar unos días más a oscuras hasta que me harte de las sombras.
Nota: Si el no poder respirar hizo que el esfuerzo lo haga mi cabeza, salió bien.
Mi cabeza decodificaba señales que no llegaban a ningún lado, mientras mis piernas temblaban esperando lo contrario.
Si pudiéramos respirar lo que pensamos, si un hilo de pensamiento conectara una cabeza con la otra como lo puede hacer una mirada, por lo menos tendría algo en claro.
La persiana de mi cuarto ya no se puede abrir y el portero de al lado no puede venir a cambiarla; me voy a quedar unos días más a oscuras hasta que me harte de las sombras.
Nota: Si el no poder respirar hizo que el esfuerzo lo haga mi cabeza, salió bien.
lunes
Mirá vos
Todos vamos a ser monos de circo mientras una alfombra no ponga en circunstancia triste nuestros pies con piojos.
martes
Julio
A veces me daba la impresión de que Julio quería salir corriendo por Gallo hasta llegar a Corrientes, y cuando llegara a donde antes estaba la Cantina Don Carlos empezar a abrazar a todo el mundo. Sí, tenía problemas: a los 30 años no sabía atarse los cordones sin que un lazo le quedara afuera del moño mariposa, y como era de esperar salía corriendo. Si llegaba hasta Corrientes era por impulso de la caída, nada más. Pero él sabía que no tenía todas las luces, decía que tenía la más necesaria, todas las demás se podían aprender con esfuerzo, pero si no tenías el alma blanca de nacimiento, ya estabas en desventaja.
Julio adoraba dormir la siesta a partir de las 6 de la tarde, despertarse cuando ya estaba oscuro y saltar de la cama sobresaltado pensando que llegaba tarde a desayunar al bar de debajo de casa. Caer sorprendido y descolocado cuando escuchaba al maestruli de Susana Giménez que le decía a su sentido del horario que no había dormido tanto como él pensaba.
Era hermoso ver a Julio con hipo, todo un habilidoso tomando agua con el vaso al revés, alguna vez pensó ir a “30 segundos de fama” pero era demasiado tímido, ni hablar del tema de contención de líquidos. Él nos quería hacer pensar que era porque le tenía miedo a la risa de la enana del programa, pero en realidad era que no se animaba, un poco de razón tenía.
En fin, ahora me voy a visitarlo un rato. Por teléfono me dijo que estaba lastimado, que había podido hacer lo que él quería pero que alguien tenía razón cuando le dijo que a veces lo que queremos no es lo que nos conviene. Antes de cortar estaba muy contento, no se aguantó la ansiedad y me lo contó. Le sangraban las rodillas del porrazo pero pudo llegar corriendo hasta la esquina de Bustamante, abrazar al vendedor de quiniela, y que el éxito no era como él pensaba.
Julio adoraba dormir la siesta a partir de las 6 de la tarde, despertarse cuando ya estaba oscuro y saltar de la cama sobresaltado pensando que llegaba tarde a desayunar al bar de debajo de casa. Caer sorprendido y descolocado cuando escuchaba al maestruli de Susana Giménez que le decía a su sentido del horario que no había dormido tanto como él pensaba.
Era hermoso ver a Julio con hipo, todo un habilidoso tomando agua con el vaso al revés, alguna vez pensó ir a “30 segundos de fama” pero era demasiado tímido, ni hablar del tema de contención de líquidos. Él nos quería hacer pensar que era porque le tenía miedo a la risa de la enana del programa, pero en realidad era que no se animaba, un poco de razón tenía.
En fin, ahora me voy a visitarlo un rato. Por teléfono me dijo que estaba lastimado, que había podido hacer lo que él quería pero que alguien tenía razón cuando le dijo que a veces lo que queremos no es lo que nos conviene. Antes de cortar estaba muy contento, no se aguantó la ansiedad y me lo contó. Le sangraban las rodillas del porrazo pero pudo llegar corriendo hasta la esquina de Bustamante, abrazar al vendedor de quiniela, y que el éxito no era como él pensaba.
lunes
Reencuentro
Cuando miraba por la ventanilla lo único que veía eran a los pájaros atacar a los coches estacionados. Muchas veces las gotas de afuera salpicaban adentro y llenaban a los pasajeros de sangre, pero como era costumbre todos llevaban en sus bolsillos pañuelos descartables para secarse el sudor y todo lo demás. Los pasajes capicúas se acumulaban en las esquinas invitando a los chicos a saltar encima y a las chicas a jugar a los sorteos de Susana Giménez, que en paz descanse.
Mi abuela paseaba en la calle con su bolsa de supermercado media llena con un bizcochuelo de manzana. No podía creer todo lo que veía, la gente apelmazada arriba de descuentos, palabras en mayúsculas y las brújulas siempre hacia el sur. Llegó hasta la esquina, miró hacia los dos lados y esperó; yo estaba por llegar, pero me había atrasado un poco. Un señor le ofreció un vaso de agua mientras esperaba, pero ella con el boleto de colectivo doblado al medio entre su anillo de casamiento y el dedo, dijo que no. Suspiró profundamente y empezó a transpirar al mismo tiempo que se acomodaba los anteojos un poco para arriba.
Todo lo que quería era volver a verme y escucharme como la última noche en que nos vimos. Pero si hacía falta, se iba a sentar a tomar un café con edulcorante, y mejor que antes, iba a esperarme los años que fueran necesarios.
Mi abuela paseaba en la calle con su bolsa de supermercado media llena con un bizcochuelo de manzana. No podía creer todo lo que veía, la gente apelmazada arriba de descuentos, palabras en mayúsculas y las brújulas siempre hacia el sur. Llegó hasta la esquina, miró hacia los dos lados y esperó; yo estaba por llegar, pero me había atrasado un poco. Un señor le ofreció un vaso de agua mientras esperaba, pero ella con el boleto de colectivo doblado al medio entre su anillo de casamiento y el dedo, dijo que no. Suspiró profundamente y empezó a transpirar al mismo tiempo que se acomodaba los anteojos un poco para arriba.
Todo lo que quería era volver a verme y escucharme como la última noche en que nos vimos. Pero si hacía falta, se iba a sentar a tomar un café con edulcorante, y mejor que antes, iba a esperarme los años que fueran necesarios.
miércoles
Declinación y mitología
A las 6 de la tarde todas las personas volvieron a nacer. A las 7, algunas ya caminaban mientras millones se arrastraban sin pedir permiso y chocándose las cabezas. A las 8 se fue el sol y las pocas que podían pararse prendieron las luces y se sentaron a mirar cómo la baba corría por las calles.
A las 9 de la noche, el 10% de la población ya tenía 6 años y como la edad se los permitía se quedaron despiertos hasta las 10, todos los demás ya estaban durmiendo apoyando sus cabecitas en los zócalos de adoquín. Cuando despertaron ya tenían 10 años y descubrieron que podían llorar, un dolor terrible en las cervicales les invadió a todos por igual hasta que se cansaron de sufrir y salieron todos juntos a caminar. Los más grandes ya tenían 14 años cuando el reloj tocó las 11 y decidieron juntarse en la bolsa de Tokio para ver si salía algo. El más alto de todos empezó a escupir y a limpiarse con un billete de 100 que encontró por ahí. Un grupo de personas de 10 años creció de golpe y a la medianoche empezaron a afeitarse. Cerca de las 2 de la mañana ya no había más hojas de afeitar y toda la población se vio inundada en barbas. Las había por todos lados, en cada rincón de las ciudades florecían de todos los colores, y a medida que la luna llena desaparecía del firmamento las barbas crecían hacia arriba buscándola. Las personas dejaron de caminar porque sus cabezas los llevaban de frente y los matorrales hacían imposible el paso sin una sierra eléctrica, además, sólo 2 personas las pudieron conseguir cobrando grandes sumas de dinero por ofrecerlas al servicio de otro. Así se pasó la tarde, inmóvil, con picazón y estertor. Las seis de la tarde piaron otra vez y dejaron sobre la tierra una madeja de colores semi vivos. Así me contaron que en medio del caos, nació la palabra que alguien llamó barbaridad.
A las 9 de la noche, el 10% de la población ya tenía 6 años y como la edad se los permitía se quedaron despiertos hasta las 10, todos los demás ya estaban durmiendo apoyando sus cabecitas en los zócalos de adoquín. Cuando despertaron ya tenían 10 años y descubrieron que podían llorar, un dolor terrible en las cervicales les invadió a todos por igual hasta que se cansaron de sufrir y salieron todos juntos a caminar. Los más grandes ya tenían 14 años cuando el reloj tocó las 11 y decidieron juntarse en la bolsa de Tokio para ver si salía algo. El más alto de todos empezó a escupir y a limpiarse con un billete de 100 que encontró por ahí. Un grupo de personas de 10 años creció de golpe y a la medianoche empezaron a afeitarse. Cerca de las 2 de la mañana ya no había más hojas de afeitar y toda la población se vio inundada en barbas. Las había por todos lados, en cada rincón de las ciudades florecían de todos los colores, y a medida que la luna llena desaparecía del firmamento las barbas crecían hacia arriba buscándola. Las personas dejaron de caminar porque sus cabezas los llevaban de frente y los matorrales hacían imposible el paso sin una sierra eléctrica, además, sólo 2 personas las pudieron conseguir cobrando grandes sumas de dinero por ofrecerlas al servicio de otro. Así se pasó la tarde, inmóvil, con picazón y estertor. Las seis de la tarde piaron otra vez y dejaron sobre la tierra una madeja de colores semi vivos. Así me contaron que en medio del caos, nació la palabra que alguien llamó barbaridad.
lunes
Vos sabés que cuando pienso algo, pasa y si lo digo, se escapa.
Como aquella vez que quise pensar en un sol oscuro y te lo conté, al instante mi cabeza se nubló y una luz oscura me salió por los ojos seguida de una explosión de aire rompiendo un par de neuronas débiles. En ese momento supe que mi Hiroshima neuronal había desecho toda posibilidad de que ese pensamiento exista en la vida real. Pero fue, llegaron otras cosas.
Yo pensaba que eran mejores, entonces te las volví a contar. Maldito error: me salió mucha agua de las uñas y al dormir esa noche no pude soñar. Y antes de que la tercera sea la vencida mi cabeza se hincha de sinapsis y no te dice nada. Y al fin, tengo un mundo que pienso, pero no te lo digo para que exista sólo para mí.
Como aquella vez que quise pensar en un sol oscuro y te lo conté, al instante mi cabeza se nubló y una luz oscura me salió por los ojos seguida de una explosión de aire rompiendo un par de neuronas débiles. En ese momento supe que mi Hiroshima neuronal había desecho toda posibilidad de que ese pensamiento exista en la vida real. Pero fue, llegaron otras cosas.
Yo pensaba que eran mejores, entonces te las volví a contar. Maldito error: me salió mucha agua de las uñas y al dormir esa noche no pude soñar. Y antes de que la tercera sea la vencida mi cabeza se hincha de sinapsis y no te dice nada. Y al fin, tengo un mundo que pienso, pero no te lo digo para que exista sólo para mí.
sábado
Dicen
Dicen que por cada baldosa, parquet, mosaico o madera, que pisamos dentro de los 5 primeros años de vida, obtenemos un suspiro de asombro más en los últimos 5 segundos de vida.
Dicen que por cada burla a tus maestros antes del primer recreo de tercer año, cien cucarachas se reproducen a la vez.
Dicen que por cada estrella mirada los martes a la noche, se te otorga la mitad de un amanecer de miércoles.
Yo digo que por cada pensamiento tuyo, los demás piensan exactamente lo contrario, menos yo.
Dicen que por cada burla a tus maestros antes del primer recreo de tercer año, cien cucarachas se reproducen a la vez.
Dicen que por cada estrella mirada los martes a la noche, se te otorga la mitad de un amanecer de miércoles.
Yo digo que por cada pensamiento tuyo, los demás piensan exactamente lo contrario, menos yo.
martes
Clota
Y existía un pueblo donde las bicicletas eran las mejores amigas del hombre y cada una reconocía la entrepierna de su dueño como si fuera parte de ella.
Elige tu propia aventura

1-
Piquete de enanos en una casa de San Telmo. Exigen un jardín digno para vivir.
Se encontraron enanos drogados colgados de las rejas. Todavía siguen ahí.
Se encontraron enanos drogados colgados de las rejas. Todavía siguen ahí.
2-
Reunión familiar de los "Puloi"
Los hijos desperdigados por el mundo del enano de Amelie, se juntan en la casa del primo Ramón que todavía no llegó.
3-
Sector fumadores de un bar de San Telmo donde asiste la vanguardia literaria "Blanca nieve". Los que estan colgados de las rejas brindan honores al nombre del grupo.
domingo
Shit!
Me encontré con un circo de palomas que subían y bajaban, volaban y ladraban, cacareaban y pululaban. Una tibia iluminación les surgía desde las patas apoyadas en los cables de luz que las expandía amarillas y nuevas.
Los picos hacia el norte, indiferentes al piso, buscando sonidos para escupir. De reojo, las víctimas aparecían y se escapaban. Las plumas medían la brisa, las ganas y el temor de los de abajo. Los cuerpos dispuestos a atacar esperaban a esa víctima perfecta. Una leve reverencia irónica hacia la persona elegida, la mirada firme, el rostro como una piedra y el misil salió rompiendo el aire en dos
haciendo que una persona tenga mucha suerte.
Los picos hacia el norte, indiferentes al piso, buscando sonidos para escupir. De reojo, las víctimas aparecían y se escapaban. Las plumas medían la brisa, las ganas y el temor de los de abajo. Los cuerpos dispuestos a atacar esperaban a esa víctima perfecta. Una leve reverencia irónica hacia la persona elegida, la mirada firme, el rostro como una piedra y el misil salió rompiendo el aire en dos
haciendo que una persona tenga mucha suerte.
Nariz de sendas
Una mañana Buenos Aires amaneció sin sendas peatonales. Todas las calles perecían en el negro pavimento sin una mísera gota de brillo. La gente desesperada se apiñaba en las esquinas sin poder cruzar, desorbitados, algunos inquietos, iban de esquina a esquina buscando alguna línea blanca por donde cruzar, pero sin poder lograrlo daban continuas vueltas de manzana hasta llegar al punto 11 de mareo en donde comenzaban a vomitar todo su desayuno bajo en calorías. Las únicas personas que podían pisar la calle eran los sorprendidos policías que para no recibir los improperios de la multitud hacían que trabajaban cuidando el tránsito.
La presidenta de la Nación Argentina se levantó de su mullido colchón de plumas hecho a medida: en vez de sacarle la sangre, por las noches le inyecta sangre fresca de niños para mantener su imagen de colágeno natural. Llegaba tarde a una reunión con la gente del campo, pero no lo importó, antes se hizo las manos. Salió de Olivos en su auto y los vidrios polarizados no la dejaron ver el cambio en la ciudad.
Las calles ardían en insultos, los canales de televisión reproducían las imágenes y ciertos periodistas creaban hipótesis al ver a la gente caminando en círculos: la mayoría coincidía en que la fuerza de los caminantes en círculo podría cambiar la rotación de la tierra. Caos, miedo, risa.
Los trajes negros, marrones y marroncitos seguían estrellándose entre sí al llegar a las esquinas y las polleras negras, bancas y cremitas sufrían intensas arrugas desde cualquier lugar en donde se las mirase. Los niños felices saltaban en sus camas festejando la ausencia de clases, aunque los más nerds lamentando el hecho decidieron ser, por ese día, autodidactas.
Las varices de la gente (sobre todo de las mujeres) explotaban de cansancio y la multitud quiso sentarse. No pudo gracias a la increíble responsabilidad de los porteros; las veredas estaban empapadas de agua, lavandina y, en algunos casos, Glo-cot .
El auto presidencial pasó perturbando la avenida Libertador casi a las 11 de la mañana. En ese mismo momento en Corrientes y Medrano la gente enloqueció. Mareada de tanto dar vueltas, con el estómago vacío por vomitar, o directamente por no haber desayunado, sin saber lo que sucedía encontraron una desesperada solución. Primero fue un hombre joven, luego tres, más tarde una chica en jeans y después, todos los que pudieron. Cuando el semáforo cambiaba a verde la gente se tiraba arriba de los autos colgándose de donde podía. Algunos terminaron muy lejos de donde pensaban ir, pero no les importó, sólo querían moverse. Con este nuevo caos más problemas se generaron, ahora muchos conductores no podían ver hacia donde iban porque estaban tapados por brazos, maletines o cuerpos enteros de la gente que no podía cruzar la calle. Choques, gritos, un médico en esta esquina, por favor.
Las sendas peatonales seguían sin aparecer y nadie sabía a donde habían ido, o quien las había borrado, o quién se las había aspirado. En la tarde se afianzó el caos más perfecto, en algunas esquinas los intensos choques habían dejado varios autos cruzados que hacían a la vez de puentes entre esquina y esquina, en esos lugares el tránsito peatonal comenzó a movilizarse con cierta tranquilidad. Para muchos, ya era hora de volver a casa y como sólo llegaron hasta la esquina, la vuelta fue bastante más rápida que de costumbre.
Luna, noche, calma. Amanecer, porteros, ¿qué pasó?
Las calles de la ciudad amanecieron tal cual las habían dejado la noche anterior: coches atravesados, y sin sendas peatonales. Al parecer, otro día de caos se estrenaba en Buenos Aires.
El jefe de gobierno de la city porteña puso en marcha el plan X, guardado para las próximas inundaciones. 11 camionetas recorrieron la ciudad instalando puentes colgantes provisorios para evitar los embotellamientos peatonales y los accidentes producto de la desesperación. El plan no estuvo tan mal, excepto por un detalle: sólo el 11% de los porteños no le tiene miedo a las alturas, el resto alguna vez se psicoanalizó para vencer este tipo de pánico.
Cual alumnos de preescolar cruzando la calle, los aún más desesperados peatones caminaban en el puente con una soga llena de nudos, y al llegar al otro lado, eran recibidos por un agente de la guardia urbana con estudios en psicología y un vaso de agua. En cambio, en las avenidas, se iniciaban cada 11 minutos, sesiones de terapia de grupo dictadas por un psicólogo de verdad.
Los pocos radiotaxis funcionando en la ciudad cobraban fortunas por la alta demanda, sobre todo por la noche cuando la gente volvía con la luna llena de alcohol.
En los barrios con más cuentas bancarias empezaron a proliferar los helicópteros y aviones privados que iban de empresa a empresa llevando a gerentes, directores y personas con miedo a perderlo todo por alguna nueva ley. Todo fue bastante desastroso porque algunos helicópteros aterrizaban en la vía pública llevándose por delante todos los cables de luz, teléfono y así, sólo el 11 porciento de la población conservó la luz.
Fuerte aumento de las ventas de velas. Parafina. Feliz cumpleaños.
“Todo puede estar peor”, dijo un vecino en una reunión de consorcio; nadie le creyó porque siempre apostaba al 11 y jamás ese número salió en ninguna quiniela. Además, era bastante chismoso y entrometido en lo ajeno.
La ciudad pasó unos días más en el caos total al que ya le había tomado cariño. Pero una mañana rara y blanca amaneció por el este, y de sorpresa, como cuando la luz vuelve después de unos minutos sin corriente, las sendas peatonales volvieron a la ciudad, resplandecientes y nuevas. Con cada rayo de sol, se pintaban más blancas, brillantes y paz.
Ahora todos sabían qué hacer; despertaron de un profundo trance de incertidumbre como si Tusam hubiera experimentado durante días con toda la ciudad. Pero Tusam está muerto.
Sin declaraciones las sendas volvieron, cuentan por ahí que alguien se las aspiró, pero fue demasiado barniz. El mito ahora busca un responsable.
El identikit de esa persona dice que lleva la cabeza pesada y gacha, que está lleno de ojeras casi tan grandes como su nariz del tamaño de un A3 y que puede estar escondido en alguna papelera. Los patrulleros van hacia Botnia.
La presidenta de la Nación Argentina se levantó de su mullido colchón de plumas hecho a medida: en vez de sacarle la sangre, por las noches le inyecta sangre fresca de niños para mantener su imagen de colágeno natural. Llegaba tarde a una reunión con la gente del campo, pero no lo importó, antes se hizo las manos. Salió de Olivos en su auto y los vidrios polarizados no la dejaron ver el cambio en la ciudad.
Las calles ardían en insultos, los canales de televisión reproducían las imágenes y ciertos periodistas creaban hipótesis al ver a la gente caminando en círculos: la mayoría coincidía en que la fuerza de los caminantes en círculo podría cambiar la rotación de la tierra. Caos, miedo, risa.
Los trajes negros, marrones y marroncitos seguían estrellándose entre sí al llegar a las esquinas y las polleras negras, bancas y cremitas sufrían intensas arrugas desde cualquier lugar en donde se las mirase. Los niños felices saltaban en sus camas festejando la ausencia de clases, aunque los más nerds lamentando el hecho decidieron ser, por ese día, autodidactas.
Las varices de la gente (sobre todo de las mujeres) explotaban de cansancio y la multitud quiso sentarse. No pudo gracias a la increíble responsabilidad de los porteros; las veredas estaban empapadas de agua, lavandina y, en algunos casos, Glo-cot .
El auto presidencial pasó perturbando la avenida Libertador casi a las 11 de la mañana. En ese mismo momento en Corrientes y Medrano la gente enloqueció. Mareada de tanto dar vueltas, con el estómago vacío por vomitar, o directamente por no haber desayunado, sin saber lo que sucedía encontraron una desesperada solución. Primero fue un hombre joven, luego tres, más tarde una chica en jeans y después, todos los que pudieron. Cuando el semáforo cambiaba a verde la gente se tiraba arriba de los autos colgándose de donde podía. Algunos terminaron muy lejos de donde pensaban ir, pero no les importó, sólo querían moverse. Con este nuevo caos más problemas se generaron, ahora muchos conductores no podían ver hacia donde iban porque estaban tapados por brazos, maletines o cuerpos enteros de la gente que no podía cruzar la calle. Choques, gritos, un médico en esta esquina, por favor.
Las sendas peatonales seguían sin aparecer y nadie sabía a donde habían ido, o quien las había borrado, o quién se las había aspirado. En la tarde se afianzó el caos más perfecto, en algunas esquinas los intensos choques habían dejado varios autos cruzados que hacían a la vez de puentes entre esquina y esquina, en esos lugares el tránsito peatonal comenzó a movilizarse con cierta tranquilidad. Para muchos, ya era hora de volver a casa y como sólo llegaron hasta la esquina, la vuelta fue bastante más rápida que de costumbre.
Luna, noche, calma. Amanecer, porteros, ¿qué pasó?
Las calles de la ciudad amanecieron tal cual las habían dejado la noche anterior: coches atravesados, y sin sendas peatonales. Al parecer, otro día de caos se estrenaba en Buenos Aires.
El jefe de gobierno de la city porteña puso en marcha el plan X, guardado para las próximas inundaciones. 11 camionetas recorrieron la ciudad instalando puentes colgantes provisorios para evitar los embotellamientos peatonales y los accidentes producto de la desesperación. El plan no estuvo tan mal, excepto por un detalle: sólo el 11% de los porteños no le tiene miedo a las alturas, el resto alguna vez se psicoanalizó para vencer este tipo de pánico.
Cual alumnos de preescolar cruzando la calle, los aún más desesperados peatones caminaban en el puente con una soga llena de nudos, y al llegar al otro lado, eran recibidos por un agente de la guardia urbana con estudios en psicología y un vaso de agua. En cambio, en las avenidas, se iniciaban cada 11 minutos, sesiones de terapia de grupo dictadas por un psicólogo de verdad.
Los pocos radiotaxis funcionando en la ciudad cobraban fortunas por la alta demanda, sobre todo por la noche cuando la gente volvía con la luna llena de alcohol.
En los barrios con más cuentas bancarias empezaron a proliferar los helicópteros y aviones privados que iban de empresa a empresa llevando a gerentes, directores y personas con miedo a perderlo todo por alguna nueva ley. Todo fue bastante desastroso porque algunos helicópteros aterrizaban en la vía pública llevándose por delante todos los cables de luz, teléfono y así, sólo el 11 porciento de la población conservó la luz.
Fuerte aumento de las ventas de velas. Parafina. Feliz cumpleaños.
“Todo puede estar peor”, dijo un vecino en una reunión de consorcio; nadie le creyó porque siempre apostaba al 11 y jamás ese número salió en ninguna quiniela. Además, era bastante chismoso y entrometido en lo ajeno.
La ciudad pasó unos días más en el caos total al que ya le había tomado cariño. Pero una mañana rara y blanca amaneció por el este, y de sorpresa, como cuando la luz vuelve después de unos minutos sin corriente, las sendas peatonales volvieron a la ciudad, resplandecientes y nuevas. Con cada rayo de sol, se pintaban más blancas, brillantes y paz.
Ahora todos sabían qué hacer; despertaron de un profundo trance de incertidumbre como si Tusam hubiera experimentado durante días con toda la ciudad. Pero Tusam está muerto.
Sin declaraciones las sendas volvieron, cuentan por ahí que alguien se las aspiró, pero fue demasiado barniz. El mito ahora busca un responsable.
El identikit de esa persona dice que lleva la cabeza pesada y gacha, que está lleno de ojeras casi tan grandes como su nariz del tamaño de un A3 y que puede estar escondido en alguna papelera. Los patrulleros van hacia Botnia.
sábado
Un diseñador de interiores a la derecha, por favor.
Los domingos siempre me dan unas terribles ganas de cambiar todo mi cuarto de lugar; quiero llevarlo a donde está el living que es bastante más espacioso.
Puedo ponerlo en la pieza que era de mi abuela, que es más grande, con dos ventanas y placares, aunque el piso, demasiado gastado, es de flexiplast y no me gusta.
Si sacara el piso de madera de mi cuarto para llevarlo al nuevo, no me alcanzaría las maderas y quedarían un par de metros con un piso distinto y tengo que pensar cómo ocultar la falla. Mejor es que me quede en el cuarto en el que estoy, pero sacar la "Enciclopedia del Conocimiento” que me ocupa seis tomos de espacio y dejarla en el baño, así leo algo más que los prospectos médicos.
Si moviera la cama tendría que mover la cómoda y el sillón rosa con el puf amarillo arriba. Pero no se podría abrir más la puerta y me quedaría encerrada toda la vida en mi cuarto. Puedo pedir mis víveres por internet: me los dejarían en la puerta, pero tendrían que tener el mismo ancho que mi mano para que pasen. Contacto con el mundo exterior tendría:hay dos ventanas con cortinas de árboles que me dejan ver la Herrería de enfrente y la calle Humahuaca soleada y vacía un buen domingo de paz. Pero creo que si cambio la cama para un lado y la cómoda y el sillón rosa con el puf amarillo para el otro, la puerta por la que entro y salgo no se va a abrir, aunque la puerta con la que hablo con mi hermana sí.
Volvería a tener contacto con el exterior pero tendría que pasar por el cuarto de mi hermana que es la ex habitación de mi abuela con el piso que no me gusta, además, dependería de ella para salir y entrar. No sé, se complica un poco. Me controlaría los horarios y mis sospechas de que ronco, posiblemente se vean confirmadas.
Hay una solución más simple, o que por lo menos me da la sensación de que algo cambia, lo que me conviene hacer es sacar la "Enciclopedia del Conocimiento" y el espacio que me queda llenarlo con un poco más de estupideces.
Puedo ponerlo en la pieza que era de mi abuela, que es más grande, con dos ventanas y placares, aunque el piso, demasiado gastado, es de flexiplast y no me gusta.
Si sacara el piso de madera de mi cuarto para llevarlo al nuevo, no me alcanzaría las maderas y quedarían un par de metros con un piso distinto y tengo que pensar cómo ocultar la falla. Mejor es que me quede en el cuarto en el que estoy, pero sacar la "Enciclopedia del Conocimiento” que me ocupa seis tomos de espacio y dejarla en el baño, así leo algo más que los prospectos médicos.
Si moviera la cama tendría que mover la cómoda y el sillón rosa con el puf amarillo arriba. Pero no se podría abrir más la puerta y me quedaría encerrada toda la vida en mi cuarto. Puedo pedir mis víveres por internet: me los dejarían en la puerta, pero tendrían que tener el mismo ancho que mi mano para que pasen. Contacto con el mundo exterior tendría:hay dos ventanas con cortinas de árboles que me dejan ver la Herrería de enfrente y la calle Humahuaca soleada y vacía un buen domingo de paz. Pero creo que si cambio la cama para un lado y la cómoda y el sillón rosa con el puf amarillo para el otro, la puerta por la que entro y salgo no se va a abrir, aunque la puerta con la que hablo con mi hermana sí.
Volvería a tener contacto con el exterior pero tendría que pasar por el cuarto de mi hermana que es la ex habitación de mi abuela con el piso que no me gusta, además, dependería de ella para salir y entrar. No sé, se complica un poco. Me controlaría los horarios y mis sospechas de que ronco, posiblemente se vean confirmadas.
Hay una solución más simple, o que por lo menos me da la sensación de que algo cambia, lo que me conviene hacer es sacar la "Enciclopedia del Conocimiento" y el espacio que me queda llenarlo con un poco más de estupideces.
domingo
Líneas Aéreas Pluma, radiovuelos.
Tengo una pluma en mi poder.
Es mía y de nadie más. El viento le dijo donde caer y yo estaba justo ahí, sentada en los últimos asientos del colectivo, uno antes de la ventana derecha y nadie al lado del vidrio.
Podría haber caído en el cuero mullido y cansado de cachetes pesados; ese lugar estaba libre, mis piernas no.
Entró por la ventana sin pedir permiso rompiendo las cortinas invisibles del vaho vehicular.
Me cayó a mí, me buscó, me encontró. Volvía a casa pensando en una neurona en particular y sin buscar una respuesta, todavía no sé si la encontré.
Fue una sorpresa, la avenida Corrientes estaba aburrida, yo me moría por revivir.
Derecho hacia mi, una sacudida a mi trance y la dejó como si fuera la cabeza de mi neurona apoyada en mi regazo pidiendo un poco más de cariño y compañía.
Agarré la pluma y queriendo proteger todos los pensamientos que el viento me trajo, la quise como una amiga. Tengo una pluma, me la guardé en la cartera esperando que me lleve volando al lugar del que vino.
Es mía y de nadie más. El viento le dijo donde caer y yo estaba justo ahí, sentada en los últimos asientos del colectivo, uno antes de la ventana derecha y nadie al lado del vidrio.
Podría haber caído en el cuero mullido y cansado de cachetes pesados; ese lugar estaba libre, mis piernas no.
Entró por la ventana sin pedir permiso rompiendo las cortinas invisibles del vaho vehicular.
Me cayó a mí, me buscó, me encontró. Volvía a casa pensando en una neurona en particular y sin buscar una respuesta, todavía no sé si la encontré.
Fue una sorpresa, la avenida Corrientes estaba aburrida, yo me moría por revivir.
Derecho hacia mi, una sacudida a mi trance y la dejó como si fuera la cabeza de mi neurona apoyada en mi regazo pidiendo un poco más de cariño y compañía.
Agarré la pluma y queriendo proteger todos los pensamientos que el viento me trajo, la quise como una amiga. Tengo una pluma, me la guardé en la cartera esperando que me lleve volando al lugar del que vino.
viernes
Todo cierra porque es viernes
Hoy caminaba hacia la agencia y pasó algo que cambió el resto de mi día.
Derecho por Amenábar a una cuadra de la plaza, bajo la mirada de un portero que acababa de barrer la vereda, cayó la hoja de un árbol de marzo.
Derecho del cielo al suelo, con la música que le daban los movimientos, flotó en una cámara lenta demasiado rápida para mí y la vi volar: con las puntas apuntando su centro y mirando su cielo giraba sobre sí misma rápido, cada vez más rápido. Centrifugaba el aire para que yo respirara distinto, y tenga un buen día.
Derecho por Amenábar a una cuadra de la plaza, bajo la mirada de un portero que acababa de barrer la vereda, cayó la hoja de un árbol de marzo.
Derecho del cielo al suelo, con la música que le daban los movimientos, flotó en una cámara lenta demasiado rápida para mí y la vi volar: con las puntas apuntando su centro y mirando su cielo giraba sobre sí misma rápido, cada vez más rápido. Centrifugaba el aire para que yo respirara distinto, y tenga un buen día.
miércoles
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