22 de octubre de 2009

Filmá. Te estamos sonriendo.

28 de julio de 2009

Temperatura ambiente

Hubo un día que la puerta se abrió sola y los espasmos salieron corriendo tan lentos como su asma se los permitía.
Para poder quedarse del lado de afuera todos tuvieron que pisar el césped y cavar bastante profundo para dejarse caer bajo tierra. Porque el viento que había adentro de la casa espantaba hasta a las hojas más secas que a pesar de todo siempre se dejan llevar, no importa por quién.
Al living se le revolvió el estómago y la cocina quedó deshecha como si el viento en vez de soplar hubiese mordido. Las cortinas se quedaron suspendidas queriendo tocar el techo y doblando sus abdominales para llegar fuertes al verano, pero todavía faltaba mucho para el verano y las paredes se daban cuenta. Las luces se apagaron solas para evitar el miedo que tendrían si la intención de quedarse a oscuras fuese de otro. Y en ese momento, mirando en escala de grises y jugando a la mancha pared, quisieron entrar a su casa y terminar con todo ese invierno yéndose a dormir.

7 de julio de 2009

A veces pasa

Luz roja y avanza. Lleva puesto un vestido amarillo con puntillas descoloradas por el tiempo y sandalias en invierno.
Camina con el viento en la cara y el flequillo mucho más atrás. Avanza más rápido, y aunque lo sea, se hace la distraída. Lo ve y no lo saluda porque ignora a todos los que no perdona. Pudo haber sido un encuentro casual pero todos los que lo vimos supimos que fue planeado por él que con un impermeable rojo gritaba que lo mire.
Cerca de ahí había una cámara de seguridad que miraba siempre para el mismo lado y sólo lo llegó a captar a él, que se paró para mirarla alejarse entre la humedad y las hojas que caían por ahí.

6 de julio de 2009

Mito urbano 1

Si alguna vez te preguntaste porqué la gente juega con las baldosas, vas por el camino correcto. Y esas personas que caminan y juegan a la vez, también lo están.
Yo sé que les llevo ventaja y no quiero más esa sensación extraña de liderazgo ocasional causado por la ignorancia de alguien. Por eso es que se los voy a decir.
En Buenos Aires hay millones de baldosas, más o menos gastadas, enteras o en partes, pero existe una baldosa que nunca fue pisada. Sí, es raro, pero es la verdad, hay una sola que nunca sintió el peso de alguien, ni el roce de un pie. Siente los aterrizajes de papeles, el inseparable cariño de un chicle, pero nunca una suela.
Ahora que lo pensás decís que debe haber más de una, pero no. Hay una sola, esperando cual Penélope ahí quieta sin poder hacer nada.

6 de abril de 2009

Víctor

Víctor era un hombre alto, pero no llamaba la atención solamente por su altura, había dos rasgos mucho más característicos que hacían que el nombre pegara exactamente con su rostro. Víctor era alto y albino. Era alto, albino y tenía una nariz que le daba un toque de pingüino.
La primera vez que lo ví fue en un colectivo de una línea que hoy no existe más, él bostezó y dejó en evidencia que no iba al dentista hacía por lo menos dos años. Me llamó la atención, la curiosidad y me llamó para darme el asiento. Me senté y tres paradas más tarde él se sentó adelante mío. Con un largo viaje por delante, Víctor apoyó la cabeza en la ventana del colectivo y se durmió. Yo no podía dejar de mirarlo, sabía que algo especial tenía y lo confirmé cuando, de repente, se movió, arrastró la nariz por el vidrio y un ruido muy bajito se escuchó. Había rayado el vidrio con la nariz, haciéndole una tajada.
Sus marcadas características personales no eran más que un disfraz para tapar y acompañar una rareza. Suprema anomalía que hacía que Víctor cortara vidrios con su nariz.
Se bajó antes que yo y nunca más lo vi. Traté varias veces de encontrarlo subiendo al mismo colectivo a la misma hora, observando todas las ventanas de colectivos para encontrar una pista de rareza que haya dejado por ahí.
Esta claro que no conozco su nombre, que Víctor es el que yo le puse de acuerdo a su cara. Y justo ahora estoy pensando en cambiárselo; su habilidad es más fuerte, y seguramente tenga un nombre que lo defina un poco más.
Estoy segura que tiene varios apodos, pero que con ninguno está conforme.
Y puedo deducir que cuando se canse de su rutina va a ser un excelente ladrón de joyas.


Ayuda: necesito más nombres para el que corta vidrios con la nariz.

Sí/ No/ No sabe no contesta

¿Que estemos hechos mierda explica las moscas que se duplican por acá cerca?

30 de marzo de 2009

I´m not dead yet

Estaban viniendo a matarme y yo en mi casa esperaba el encuentro para nada tranquila. Quería irme, pero no podía, no tenía el derecho de salir corriendo necesitaba morirme o salvarme.
Estaba en la cocina de casa, sabía que alguien venía a matarme, mi mamá me lo había advertido, me dijo que él llegaba entre las 5.30 y las 7 de la tarde. Fue la hora y media que más me avejentó en toda mi vida. Cada minuto se estiraba tanto que volvía a repetirse y hasta mis nervios querían escaparse.
Buscaba armas, medios para defenderme, pero nada me bastaba, en ese momento nada te saca esa adrenalina negativa que no hace más que pasar los límites de velocidad en tu sangre.
Yo no dejaba de mirar por la ventana esperando a ver a la persona que quería pegarme un tiro, ahorcarme, ahogarme, lastimarme.
Escuchaba detrás de la puerta y el ascensor me ponía nerviosa. Improvisaba con unos palos que milagrosamente encontré detrás de un sillón, pero mi cabeza no podía controlar a mi cuerpo y era realmente mala golpeando. El reloj no avanzaba, nadie venía, nada pasaba afuera y adentro estaba yo encerrada en mi propio miedo, ensayando el 911 para que vengan a ayudarme.
A las 7 menos dos minutos abrí la puerta con la respiración más tranquila pensando que ya todo había pasado y no había sido más que el mayor susto de mi vida. Pero lo ví. Bajaba del ascensor muy tranquilo y me miró como si viniera a tomar mate con bizcochos. Cerré la puerta con escándalo y corrí a buscar el palo, lo esperé cerca de la puerta en posición de defensa. La abrió, me dijo “hola” y empezó a caminar hacía mí con las manos vacías. Yo sabía que no me iba a ir bien, tenía todo para perder.
Seguía caminando y llegó hasta un metro mío, pero cual encanto de la Cenicienta que termina a las 12, desapareció en el aire dejando un pequeño rastro de humo, miré el reloj y eran las 7:01. Me quedé quieta sin creer lo que me había pasado, estaba viva, había pasado la hora crítica y me salvé porque él llegó tarde a matarme.